La culpa, esa gran conocida que nos invade a menudo por el simple hecho de ser mujeres.

La culpa, que especialmente se hace visible cuando somos madres.

La culpa que aparece cuando hemos ganado mucho o poco peso durante el embarazo.

La culpa que resuena dentro de nosotras cuando nos dicen que el bebé es demasiado grande o pequeño.

Cuando aparece una diabetes gestacional, una alteración en una ecografía, en una analítica o cuando el embarazo se convierte de bajo en alto riesgo.

La culpa que nos atraviesa cuando no hemos conseguido el parto que deseábamos.

La culpa que nos consume cuando la lactancia ha fallado.

La culpa que sentimos cuando el bebé no gana suficiente peso, cuando llora, cuando pensamientos oscuros aparecen por nuestra mente, cuando se cae por primera vez, cuando enferma.

La culpa por no llegar a todo.

La culpa por ese grito que se escapó por tu boca.

La culpa por no saber acompañar mejor sus procesos.

La culpa por no ser perfectas.

Pero te voy a contar algo, tú no tienes la culpa.

La culpa es del sistema y la sociedad que nos dejan solas continuamente y nos obligan a creer que ésta sólo nos pertenece a nosotras.

La culpa es una herramienta poderosa de esta sociedad patriarcal para hacernos sentir pequeñas, vulnerables e imperfectas.

Pero ya basta de sentir culpa, lo hacemos tan bien como sabemos, tan bien como nos dejan y tan bien como nos acompañan.

Démonos permiso para no ser perfectas, démonos permiso para no sentirnos culpables, démonos permiso para fluir dentro de la aventura que es la maternidad.

Seamos nosotras sin la culpa que nos quieren cargar.

Categorías: El postparto

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