Mi primer embarazo, una pérdida gestacional

No existen fotos ni recuerdos. Sólo mis pensamientos, sensaciones y montones de pruebas médicas guardadas en una carpeta.

Mi primer embarazo fue un embarazo molar. Mi intuición me decía desde el primer día que algo no iba bien.

A pesar de la barriga que crecía o mis náuseas y vómitos. A pesar de que la gente sólo veía y acariciaba mi barriga. A pesar de que todo parecía normal, había algo dentro de mí que me decía lo contrario.

A las doce semanas de embarazo tuve mi primera ecografía. La experiencia en sí fue dura y  rodeada de violencia obstétrica.

La cara de la residente que me hacía la ecografía me confirmó lo que sospechaba. No había latido. Pero lo que no sabía, era que el diagnóstico sería un embarazo molar, que más tarde se confirmó con otras pruebas.

Recuerdo mi mente en blanco. No podía reaccionar. Sólo escuché que debía subir a sala de partos, que debía someterme a otras muchas pruebas y la palabra legrado quirúrgico. Miradas que no acompañaban y palabras que no sostenían.

Yo no quería ésto. Podía afrontar una pérdida gestacional, pero no podía ni me había preparado para gestionar un embarazo molar, con todo lo que suponía para mi cuerpo y mi alma.

Subí a sala de partos con mi pareja, llorando sin parar. No podía parar mis lágrimas, que brotaban cómo un río desbocado.

Le dijeron a mi pareja que no podía entrar. Que sólo serían unos minutos para hacerme una analítica de sangre. Me dejaron sentada en una silla, en medio del pasillo de sala de partos. Esperando, sola.

Acababan de darme una noticia devastadora, y me dejaron sola, llorando en un mar de tristeza en medio de un pasillo. Nadie paró, nadie me pidió si necesitaba algo. Nadie. De los muchos profesionales que por allí pasaban. Nadie.

Recuerdo de golpe escuchar gritos, era mi pareja que se estaba peleando con una enfermera para entrar. Ella le decía que estaba prohibido. ¿En serio? ¿Desde cuándo el derecho a estar acompañada se puede vulnerar por un protocolo sin sentido? ¿Dónde estaba la empatía y el corazón de todos esos profesionales que supuestamente debían acompañarme?

Me hicieron la analítica, radiografía de tórax, ecografía entre otras pruebas. Era viernes y me dieron cita para el próximo lunes para el legrado quirúrgico.

No había escapatoria, no había opción a un manejo expectante ni farmacológico. Debía someterme al legrado, muy a mi pesar. Todo debía ser rápido, por el riesgo que suponía para mi salud cada día de más que pasaba embarazada. No había espacio para las opciones o la reflexión.

No recuerdo cómo pasé esos dos días, en mi mente hay lagunas que esconden el dolor y el vacío. Y llegó el día. Ingresé.

Eran las 8 de la mañana. En teoría tenía que entrar a quirófano a primera hora. Llevaba toda la noche en ayunas y sin beber. Me encontraba muy mal.

Me ingresaron en una habitación al lado de una mujer a la que estaban induciendo el parto. Si, estuve 8h esperando el legrado que se fue posponiendo, al lado de una inducción.

La muerte y la vida. La bienvenida y la despedida en un mismo espacio. Pasé hambre, sed y dolor. Dolor físico, y dolor en lo mas profundo de mi ser.

Pasé ocho horas escuchando el latido del bebé de la mujer que tenía al lado a través de la monitorización continúa que sonaba fuerte y vital, mientras yo esperaba un legrado quirúrgico. ¿Existe acto más cruel? ¿Nadie pudo darse cuenta de que ambas situaciones necesitaban su propio espacio?

Finalmente a las 16h de la tarde vinieron a buscarme. Todo fue rápido. Sinceramente no me acuerdo de nada. No sentí nada. Aunque precisamente hubiera preferido sentir y estar en la despedida física de mi bebé.

Me desperté, pedí analgesia, comí un bocadillo que me trajo mi compañero y seguidamente pedí el alta. Necesitaba irme de ese lugar. Habían hecho su trabajo, si. Pero el trabajo se puede hacer de muchas maneras, y os puedo asegurar que no fue la mejor.

Una semana de baja, una. Y después tuve que seguir acompañado nacimientos mientras mi propio cuerpo seguía luchando para recuperarse.

Estuve semanas teniendo que ir cada lunes al hospital, a hacerme una analítica de control. A veces salia de un parto corriendo para ir a ingresar al hospital sin haber dormido ni comido.

Me dieron el alta a los pocos meses. Me dijeron que no podía quedarme embarazada durante el siguiente año. Me dieron los resultados de laboratorio, era una niña.

Ella, mi pequeña hada maestra. Vino, dejó su magia y voló lejos.

Me enseñó que el instinto es nuestra guía. Me enseñó que hay pruebas que necesitamos pasar. Me enseñó que a veces no podemos elegir. Me enseñó qué era sufrir violencia obstetricia. Me enseñó como acompañar pérdidas gestacionales. Me enseñó que mi cuerpo es fuerte. Me enseñó que la conexión es vital. Me enseñó quién estaba a mi lado. Me enseñó que hay que priorizar. Me enseñó que debía cuidarme y amarme. Me enseñó que la vida es mágica. Me enseñó que todo al final tiene sentido y está conectado.

7 opiniones en “Mi primer embarazo, una pérdida gestacional”

  1. Precioso .
    Qué importante es dar a conocer todas y cada una de nuestras sensaciones corporales y emocionales referente al tema de pérdida gestacional. Todavía hay mujeres que creen que no deben hablar del tema no por traumático, que sí que lo es, si no por que la sociedad no nos permite ser «naturales » … que para muchos sería ser «débiles «.
    Gracias, gracias..!

    Victoria

  2. Instinto, eso es lo que nos ha hecho sobrevivir hasta ahora y debemos revalorizar.
    Muchas gracias por compartir y te acompaño en tu sentir, Laia.

  3. Me sap molt de greu que et tractassin d’aquesta manera. Com si no fos prou difícil perdre un fill, haver de fer front a la manca d’empatia de qui se suposa que t’ha d’acompanyar… buff. Una abraçada, enorme.

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